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Las disfunciones en el medio natural son síntoma de desarreglo en la gestión de las fuentes.
El ambiente, expresión de la energía
Ramón Folch
Los efectos ambientalmente negativos de las emisiones subsiguientes a los procesos combustivos son de conocimiento común. La proporción que han adquirido en los últimos años ha causado inquietud y hasta alarma. Ello ha contribuido a poner de manifiesto la dimensión ambiental de la cuestión energética, pero también la ha sesgado enormemente, al reducirla casi en exclusiva a la contaminación local o, en el otro extremo, al cambio climático global. La realidad es mucho más compleja.
El componente ambiental de la energía reside en su propia esencia. El ambiente por entero es una expresión energética. El ambiente es energía. No es una manera poética de hablar. Todo lo contrario, es la única manera de decirlo con propiedad tecnocientífica. La materia es una expresión energética y las relaciones entre los elementos materiales son flujos de energía. Esa realidad básica sigue manifestándose en todas las escalas cotidianas, porque energía elaborada son los automóviles, que logran moverse con gasto energético, en tanto que la combustión efectuada en sus motores es una transformación energética y a la energía se deben las transformaciones inducidas por la movilidad, se midan en modificaciones territoriales, en emisiones de gases o en procesos productivos.
Toda la energía conocida es de origen nuclear. Lo son especialmente los combustibles fósiles, resultado de una parcial mineralización de elementos orgánicos, es decir fotosintéticos (en su gran mayoría), o sea solares y, por lo tanto, nucleares. La benignidad de la energía solar interceptada por la Tierra en forma térmica o luminosa radica en la distancia del reactor de fusión que es el Sol: los residuos y las sacudidas no alcanzan a nuestro planeta, nos llega el jamón y allá se quedan los purines... A partir de la interceptación térmica directa o de la transformación fotosintetizadora, la energía nuclear solar ingresa en el sistema terrestre y hace posible la mayoría de formas de vida actuales. La propia masa material de la Tierra es un residuo más o menos enfriado de procesos nucleares remotos.
Los humanos hemos funcionado con energía nuclear solar fotosintética mientras nos hemos limitado a comer y a quemar leña. La ancestral tracción a sangre participa de esta situación. El problema ambiental de la energía aparece con la civilización industrial, que pone repentinamente en circulación los ahorros energéticos de 200 millones de años de fotosíntesis fosilizada en forma de carbón, petróleo o metano. Tiene dos componentes: uno obvio y perceptible, que son los residuos de la combustión, y otro elíptico, que son las transformaciones territoriales inducidas, con expresa inclusión de la enorme exaltación de la movilidad que permiten. La
mayoría de formas de captación de las energías llamadas libres, que son casi
todas solares (eólica, fotovoltaica, hidroeléctrica, del oleaje, etcétera),
tienen repercusiones ambientales fortísimas, aunque no se perciban al ocurrir en
otra parte. Baste pensar en los embalses, en la extracción y metalurgia del
silicio o en los procesos productivos de los aerogeneradores y en las
afectaciones territoriales de las líneas de evacuación de la energía generada.
Hay que insistir en ello al objeto de no consolidar falsas creencias, no por
generalizadas menos erróneas. Cualquier formato o vector energético que no sea
el fotosintetizador entraña efectos ambientales importantes. Ignorándolo, ni los
resolveremos, ni los encauzaremos aceptablemente.
R. Folch es socioecólogo, director general de ERF. Publicado en El Periódico, 18 de octubre de 2008. Se reproduce en nuestro sitio únicamente con fines informativos y educativos. |